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La desconectada de Matrix

Nunca hubiera pensado que pudiera haber gente, aunque poca, que mereciera ser perseguida por razones lingüísticas. Es el caso de Cristina Peri Rossi, a la que han echado de Catalunya Ràdio porque hay que normalizar el catalán —léase eliminar el castellano— de la radio pública del gobierno tripartito.
Esta señora calló cuando tanta gente tuvo —tuvimos— que irse —irnos— de Cataluña porque no podía educar a sus hijos en español —en mi caso, porque no podía cursar los estudios en español—. Ahora se queja de persecución lingüística, después de estar 30 años negando que dicha persecución existiera. Después de que se hiciera llorar a tantos niños. Después de que tanta gente haya tenido que callar tanta represión nacionalista. Esta señorota de Barcelona, que ha tenido 30 años para aprender algo de catalán, se queja de que es perseguida por razones de lengua.

Ahora se hace la desconectada de Matrix, como si por alguna razón no hubiera sabido hasta ahora que a la gente la perseguían en Cataluña por hablar en español. Ah, la nómina, mucho más efectiva que la pastillita roja que le dan a Neo para que sepa la verdad. De pronto, desconectada, con el cráneo marcado para siempre con las cuatro barras, vomita este artículo en el que disimula que todavía anda aturdida y no se entera de la misa la media.

Hace dos años Gaspar Hernández, periodista inteligente y culto, inauguró un programa en Catalunya Ràdio, Una nit a la Terra, que se emitía de una a tres de la madrugada. Cada noche había una tertulia sobre temas intimistas o sociales en la que participaban dos invitados: editores, escritores, filósofos o poetas. Era un espacio ameno, de buen nivel y aceptación, con diferentes puntos de vista. Gaspar me invitó desde el primer momento y yo acepté muy complacida, como tertuliana fija, una vez por semana. Todos hablaban en catalán, salvo yo, que lo hacía en castellano; nunca fue obstáculo para que nos comprendiéramos y parecía un modelo ideal de convivencia lingüística, sin rigideces, sin exclusiones. Entiendo, leo y traduzco del catalán desde hace muchos años, pero me expreso mejor en castellano (me ocurre igual con el francés o el italiano) y vivo en una nación que tiene la suerte de ser bilingüe. Así lo es en la calle, en el Metro y en la comunidad vecinal. Al inaugurar el segundo año del programa, Gaspar me felicitó, consideraba que mis intervenciones eran muy importantes para el éxito de audiencia. Y así seguimos un año más. He compartido tertulia con Luis Racionero, con Mercedes Abad o con Sebastià Alzamora. Este año, en septiembre, empezaba el tercer año, y Gaspar contaba conmigo. Pero sorpresivamente, coincidiendo con el cambio de hora y de nombre del programa, CCRTV (Corporació Catalana de Ràdio i Televisió) decidió prescindir de mi participación, dado que yo hablo castellano. Me consta que Gaspar Hernández y Joan Barril lucharon contra este despido, haciendo valer motivos de calidad profesional. No lo consiguieron. Se esgrimió como causa La Carta de Principios del 17 de julio de este año, fruto del acuerdo político entre Esquerra Republicana, CIU y el tripartito que recomienda la prioridad de invitados que hablen en catalán. El programa cumplía el requisito, dado que sólo yo hablaba en castellano, pero una exigencia oral reclamaba hablar sólo en catalán.
Habría que recordar que un reglamento no puede ir contra la ley, y que por el momento, y espero que también en el futuro, Cataluña es y será una nación bilingüe, por lo cual no se puede perseguir o expulsar a nadie de su trabajo por motivos lingüísticos. La libertad de expresión es un derecho constitucional que atañe a todos los ciudadanos y no se refiere exclusivamente al pensamiento, sino a las lenguas en que se emite. Una tontería es una tontería, da lo mismo en la lengua en que se diga, y una frase de Shakespeare suele ser una genialidad, en inglés, francés, castellano, catalán o checo. ¿Nos hemos olvidado de una verdad tan elemental o los intereses políticos prescinden del humanismo? Creo haber sufrido un claro caso de persecución lingüística, como otras veces, he sufrido persecución política, bajo la dictadura uruguaya o franquista. Los fascismos tienen algo en común: siempre son excluyentes. Excluyen por motivos ideológicos, de raza, de sexo…o de lengua. Y es paradójico que me ocurra a mi, Premio Ciudad de Barcelona de Poesía en l992 por el libro que se titula precisamente Babel bárbara y donde se exalta la diversidad de lenguas, la Babel mítica. ¿Paradójico o síntoma de los tiempos que corren? Quizás no sea casual. Quien defiende Babel es discriminada. Es posible que quienes perpetraron esta exclusión ni siquiera sepan que soy Premio Ciudad de Barcelona o que luché clandestinamente contra el franquismo y a favor del catalán desde Agermanament, hace muchos años. Los censores no suelen leer y tienen pésima memoria.

Recrimina a los sátrapas que la persigan a ELLA, que es de las buenas y no a los demás como hasta ahora. Esta señora no tiene ningún derecho a quejarse. Porque ella también reprimió. Los castellanohablantes amigos de la dictadura nacionalista de Cataluña han sido los instrumentos de represión más crueles durante estos últimos treinta años. Como colaboradores necesarios de la limpieza étnica.

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